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martes, 22 de marzo de 2011

Tiempos de Recuerdos (10ava parte) Recomenzar y adios...

Tiempos de recuerdos
Parte X (Recomenzar y adiós)

...Dos de mis amigos, se me perdieron en un atajo.
Y yo aquí lamentándome siempre…


Beltrán, una mañana, me llamó por teléfono, lo traían de emergencia al Hospital Universitario; días antes había tenido un accidente con una moto que acababa de comprar, y hoy presentaba un fuerte dolor en las piernas que le impedían caminar, no se veía mal, estaba contento y hablamos largo rato de mil tonterías y planificando un nuevo viaje.


Luego de los exámenes le colocaron un calmante y le dieron de alta, todavía le costaba afincar las piernas, lo llevé en silla de ruedas y lo acostamos en la parte trasera de un jeep; luego de un largo abrazo le dije:


¡Coño pana, recupérate pronto!... que tengo tiempo que no me coloco un casco de parrillero.


Al otro día lo llamé en la mañana para saber cómo estaba…y su hermano me dijo que había fallecido…


Logré llegar al cortejo, lo lloré junto a su madre, pero no quise verlo acostado en la urna…


El otro fue Rey, un día regresaba con su equipo, de unas “tomas” en Santa Teresa y en la autopista del centro la camioneta que manejaba perdió un caucho, saltando la isla y cayendo del lado contrario sobre otro vehículo.


Tampoco quise verlo en su féretro…


Aún hoy los recuerdos, haciendo caminos, el uno montado en una Honda “gris” 650cc y el otro con una cámara recostada de su hombro…ambos con la mano levantada, cómo diciendo adiós…


… y pronto nos veremos…


Me senté en mi vieja silla de cuero, no recuerdo de donde salió, pero me parece que siempre ha estado conmigo, a lo mejor era de mi suegra…tan poco sé si la robé o me la dio… en fin, ya no importa.


Busqué el único vaso que hay en mi habitación y tomé la vieja botella de hace un año, comencé a acariciarla, estaba medio vacía…como mi vida, como mi alma, como esas memorias que poco a poco voy recuperando.


Me provoca servirme un trago…pero no, no lo haré, aun siento el frio acumulado de las tantas noches de dormir en aceras y brocales.


…Todo empezó con alegría, primero fueron el acompañamiento por cortesía del trabajo recién terminado, luego el compartir de los amigos para pasar un buen rato en cualquier sitio… ellos se marchaban y yo iba prolongando el tiempo de partida.


Luego me huerfané de los amigos y fue el beber solitario, ya no importaba el trabajo, la familia, la salud…y la razón.


La calle se me impuso, cuando podía, lograba rescatar las sobras de cualquier recipiente, interpuesto en mi camino…


…Hasta el día que confundí el darle un beso a una hermosa sirena, por pegarle la cabeza al capó del vehículo que venía en marcha.

Después de cuatro meses hospitalizados, rectifique mi pobre existencia, busque un trabajo y rempujé mi solitaria vida…


Coloqué la vieja botella en su lugar, ya no la culpo de mis tristezas, de mis olvidos…de mis desganas…se ha convertido en un recordatorio.


Dejo ya de divagar entre recuerdos, miro el reloj…


¡Coño! Son las cinco de la mañana…


Abro la ventana y el aire deja colar un frio que suena a pachanga, a baile, a contentos desbordados, a disfraces de todos colores…


Comencé el 1ro de diciembre, era navidad y me sentía como una piltrafa, llena de huecos vacios.


Ya hoy pasó el carnaval y esos huecos se llenaron de alegrías, de remembranzas que aunque pasadas, son parte esencial de mi existencia.

Algo ha cambiado en mi espíritu y por lo tanto en mi nueva etapa, mi irrespeto por la vida y el abuso de la bebida de mi pasado cercano, me envolvieron en penumbras.


Pero el retomar mis reminiscencias, me han acercado a una nueva realidad… y ella es cambiar, dejar el disfraz que me puse años atrás de quejumbroso, solitario y vencido.


Ahora, antes que todo, a tomar un baño, luego buscar un nuevo trabajo…


Cuanto antes debo dejar ese odioso trabajo de vendedor de funerarias y ataúdes.


Debo buscar otro empleo o quizás…
¡Trabajar por mi propia cuenta!


¿Pero en qué?...


Tal vez como “mimo”…
...Siempre me ha gustado el teatro…

¿Y por qué no?

En una plaza…
Llena de gente…
Con niños corriendo.
Con carcajadas y risas por doquier….


Fin……Al fin.

domingo, 20 de marzo de 2011

Tiempos de Recuerdos (9na parte) El despido

Tiempos de Recuerdos
Parte IX (El despido)

Luego, Beltrán cambió la moto por un Volkswagen y yo compré una gran carpa, los viajes se hicieron más familiares, por lo tanto menos arriesgados…


…recreando aquellos viajes, mis ojos se posaron sobre una vetusta máquina de escribir que aún funcionaba, nunca quise deshacerme de ella…


¿Cuantos oficios, informes y comunicaciones golpetearon sus tipos?


¿Cuantas cartas y poemas soportaron sus teclas?


Era una “Olympia” y fue uno de los regalos que me entrego el Dr. Tirado cuando me despidieron del trabajo:


Un día me citó Leopoldo a su despacho y llamándome “Licenciado” (cosa rara porque siempre nos tuteábamos), me comunicó que estaba despedido, “sabía que yo estaba echando unos tiritos por mi lado”, me dio un cheque cuyo monto era más alto de lo que yo había calculado y entregándome una de sus tarjetas, me dijo: “Llégate al edf. “Ambos Mundos”, al lado de la Plaza Bolívar, y en el piso 5 buscas el bufete del Dr. Ramírez, ya conversé con él y te va a alquilar un cubículo para que pongas tu propia oficina… ¡ah! también hablé (y me mencionó 4 empresas a las que les trabajábamos), para que le sigas trabajando por tu cuenta...


…Y ¡Coño! no me quedes mal…”


Y un abrazo coronó mi despido.


Por supuesto Beltrán se fue conmigo y busqué, para acompañarnos a dos amigos de mi infancia, como socios: Alfonso Martínez, como vendedor y Rey González como secretario.


Al mes contábamos con catorce clientes. Alfonso siempre me decía “Yo los consigo y tú le trabajas”.


En cuanto a mis antiguos jefes, siempre nos reuníamos a almorzar y muchas veces nos fuimos a pasar unas vacaciones en “Madre Vieja”, su finca de Clarines.


Además de la amistad los cuatro teníamos algo en común, nos gustaba el baile; no perdíamos presentación alguna, cuando se trataba de la “Salsa”.


Alfonso ya tenía los santos y esto nos hacia más fácil entrar al mundo de la guaracha y el son, donde la mayoría de los cantantes son santeros.


Nos convertimos en asiduos visitantes del poliedro; casi nunca pagábamos entradas y cientos de veces fuimos a parar a los camerinos de los artistas.


Recuerdo en especial a Barreto, tocando sus cueros con la venda de las manos cubiertas de sangre y el tipo sin darse por enterado; otra fue cuando conocí a Cheo Feliciano; luego, algunos años después, lo vería nuevamente cantando en casa de mi madre, con mi hermano y la Rondalla Venezolana. Esa noche terminaban de grabar su primer disco, juntos, y decidieron llevarle una serenata a mi vieja.


Algo que me impresionó fue con Ismael Rivera: el negro estaba detrás de la tarima del poliedro y Alfonso, que ya era padrino, se le acercó, luego nos comentaría que “el Maelo estaba llorando porque ya la voz no le alcanzaba para el canto.


Pasaron algunos años y cambié la oficina para Caricuao, y mis panas siguieron sus propios caminos…


Beltrán se mudo de Caracas para Santa Lucia, allí formó una bonita familia, me vendió el Volkswagen (que ahora tenía un flamante color rosa) y nunca logré manejarlo (hasta esta fecha no he aprendido a manejar sincrónicos).


El compró una camionetica de pasajeros…


Alfonso decidió vender publicidad y logró tener una excelente carpeta de clientes…y Rey se fue para la televisión como camarógrafo.


Sin embargo siempre nos reuníamos para compartir reuniones más cortas…y cervezas más largas.


Nuevamente tomé el casco colocándolo con cuidado al lado de la máquina de escribir…

viernes, 18 de marzo de 2011

Tiempos de Recuerdos (8ta parte) Los Viajes

Tiempos de recuerdo
Parte VIII (los viajes)

Como a las diez de la mañana llegó Domínguez, lamentándose que tenía que regresar a Caracas por un asunto familiar, pero nos pidió que nos quedáramos y que contáramos con la ayuda del capataz.

Toda esa semana fue de aprendizajes y experiencias continuas. Esa misma mañana fuimos a conocer a “Chicho”, un enorme semental de la raza Brahma, pesaba como 800 kilos y su altura era de 2 metros, pero lo impresionante era que aquel toro se portaba como un cachorro, cuando Tarzán le acariciaba el guargüero, mugía de placer y cerrando los ojos trataba de recostar su cabeza de la del capataz.

En otra ocasión, fuimos a bañarnos en la laguna que formaba el reservorio de agua, Tarzán nos preparo una parrilla y nosotros pusimos las cervezas; el perro de la hacienda, un mestizo grande, a pesar de ser muy juguetón no quiso acompañarnos en el agua y notamos que el capataz no dejaba de otear el horizonte.

Cómo a las dos de la tarde nos salimos del agua a instancias de Tarzán, y luego de cambiarnos nos fuimos en el jeep para un caserío cercano. Había una fiesta con conjunto y todo, el licor era una especie de cocuy, aunque al principio no nos agradaba (Tarzán nos advirtió que sería una ofensa si despreciábamos el aguardiente), terminamos tomándolo directamente del pico de la botella, y con su etílica ayuda y uno que otro empujón de Beltrán saque a bailar un joropo a una hermosa llanera, que todavía le agradezco la paciencia, tolerancia y los apuchungones que tuvo con el pésimo bailador que era yo.

Con la "aguardientamentazón" que logramos, tuvimos que montarnos en el jeep con la ayuda de varios de los lugareños, y en el camino tuvimos que pararnos para vaciar el estomago muchas veces.

Una noche, Tarzán no invito a un paseo por los pastizales, y sin pensarlo mucho lo seguimos, luego de un rato largo comenzamos a lamentarlo, era noche cerrada y lo único que podíamos ver era una especie de vereda que se alumbraba con las linternas, durante todo el trayecto el monólogo del capataz versó sobre culebras y tigres, agreguémosle a esto el permanente jugueteo del perro, que de repente saliendo de la oscuridad, nos tropezaba y volvía a esconderse.

Asustados, llegamos al fin a una explanada y a duras penas reconocimos que era la laguna, Tarzán levantó la linterna y el halo de luz se reflejo en el espejo del agua, cientos de lucecitas brillaron y como idiotas comentamos la belleza de las luciérnagas… Literalmente Tarzán no tapó la boca riéndose, cuando nos explico que esas “lindas lucecitas” eran simplemente los ojos de las babas y los caimanes
que vivían en la laguna.

Regresamos a la casa asustados y arrechos de las estupideces del caporal, pensamos en el peligro: allí hacía unos pocos días estuvimos bañándonos como si fuese una enorme piscina casera.

Al vernos en ese estado, Tarzán tuvo la “gentileza” de explicarnos que dicha laguna servía de escondite para babas y caimanes pequeños que huían sus depredadores y que eran tan pequeños que solo se alimentaban de peces e insectos.

En fin pasamos una semana santa haciendo peripecias y al final regresamos a casa, magullados, picados de cuanto bicho había, pero como siempre cargados de momentos agradables y divertidos...

domingo, 13 de marzo de 2011

Tiempos de Recuerdos (7ta parte) Nuevo trabajo

7 Tiempos de recuerdos
TIEMPOS DE RECUERDOS
VII parte (nuevo trabajo)

Al agacharme para tomar la revista, vi que debajo da la cama se escondía un viejo y negro casco de motorizado, luego de varios intentos logré sacarlo, ya en mi mano pensé en voz alta:

¡Carajo! De donde salió esta vaina… yo nunca tuve moto…

Al intentar meterlo en la caja para enviarlo a la basura, escuche un grito…

¡Nooo!... ¡No lo hagas!

Del susto lo solté de mis manos y fue a parar al último rincón del cuarto; reponiendo del sobresalto me acerque a él, estaba boca arriba y en su interior había escrito con marcador un nombre: BELTRAN…

Mi amigo, Mi hermano…

Y aquel “quijote del camino”, se abrió paso en mi mente.

Recordé aquel día, tendría unos 20 años, me habían botado de mi primer trabajo y a lo mejor estaban a punto de botarme también de mi hogar, ya que la madre de mi hijo era quien lograba el sustento familiar.

Aquel “pana” me comentó que en la oficina donde trabajaba, necesitaban a alguien que pudiera llevar los Libros de Contabilidad, los únicos requisitos eran: tener nociones del “Debe y el Haber” y sobre todo tener buena letra… ¡Y yo la tenía!... lo otro lo aprendí después.

Diez años trabajé en la oficina “Domínguez y Asociados”, mis jefes Leopoldo Domínguez y el Dr. Manuel Tirado, hicieron lo imposible por ayudarme a estudiar.

Y mientras lo hacía, los fines de semanas Beltrán y yo como parrillero, recorríamos cientos de kilómetros, montados en una Honda “gris” de 650cc.

Nuestros viajes no eran muy planificados, dos cascos, dos morrales y dos chaquetas gruesas nos bastaban para salir un viernes por la noche, el rumbo lo decidíamos esa misma tarde montados en la moto.

En aquellos tiempos mis padres tenían un fundo ubicado en “Hato Arriba” más allá de “Los Humocaros”, en el estado Lara; sus carreteras eran de tierra, allí nos fuimos muchas veces y muchas veces tropezamos tragamos barro, gracias a Dios accidentes pequeños; en otras visitamos la “Cueva del Guácharo, en Monagas; también no fuimos a Mérida por la carretera Panamericana.

En una oportunidad, nos llegamos hasta Cumaná, tomamos una chalana para Margarita (los pasajeros abajo y los vehículos en el puente) y allí en medio del mar, conocimos a dos hermosas jóvenes, que nos invitaron a contemplar la luna debajo de un camión cargado de bloques de cemento… y no recuerdo a quien le hacía mas caso si al movimiento de la gandola o al de la chica que estaba conmigo.

El director de la Oficina Tenia una finca cerca de la población de Clarines llamada “Madre Vieja”, a orillas del rio Unare; al enterarse de nuestros viajes nos invitó a conocerlas durante una semana santa.

Salimos un viernes a las 5 de la tarde, una lluvia constante nos acompañó durante el viaje, teníamos que tomar un desvío de tierra de varios kilómetros para llegar a la finca; la carretera estaba embarrialada, en un momento Beltrán lanzó un grito y la moto derrapó lanzándonos hacia los lados, gracias a Dios el barro amortiguo nuestra caída; estaba oscuro a pesar de que había luna menguante, algo rozó mi mano, como un resorte logré parame y fui a buscar en mi morral una linterna, mayor susto el que pase cuando alumbrando el matorral cercano, logré ver la cola grande de una culebra; busque con la luz a Beltrán, su cara y todo el casco estaba empapada de barro, le mencione lo de la culebra y me contó que desvió la moto para no pisarla y por ello nos caímos.

Logramos prender la moto y seguir con cuidado por el terroso camino; cuando llegamos al sitio todo estaba oscuro:

¡Coño! como que no hay luz, pensé, Tocamos la bocina y al rato alguien, prendiendo la luz de la casa, vino a recibirnos; era el capataz y dando un fuerte saludo de manos, nos comunico que Domínguez había salido para “Puerto La Cruz” y regresaría mañana, pero le había dejado instrucciones para hacernos agradable nuestra permanencia.

Tarzán, que así le decían al mayoral, nos acompaño hasta la habitación, había en ella camas y chinchorros, cómo estábamos adoloridos escogimos las camas; en la lejanía se escuchaban unos latidos, y el Tarzán, contestando nuestras preguntas, nos explico:

“Miren doctorcitos (era el título con que se dirigía a nosotros), pueden ser conejos, o cochino ‘e monte, o a lo mejor algún tigre que esta descarriao”

Y como lo sabes, preguntamos.

“Mire pues, si los latíos son muchos y seguíos son conejos, si son cortos serán pues cochino ’e monte…pero si son cortos y dejándose de rato en rato… puede ser un tigre que anda por’ai”…

“¡Ah otra cosa! Cuando cierre la puerta, taponeen con la alfombra las rendijas, porque a veces se meten las culebras y suben por las patas de la cama pa´buscá el calorcito”.

Sin ningún disimulo saltamos de las camas y nos acomodamos en los chinchorros.

“Anjá, doctorcitos también tengan cuidao con las ratas, que a veces se tropiezan y se caen de la vigas del techo”

Y sin más se marchó, dejándonos solos, mirando para todas partes y contando los latidos de la noche.

Al rato nos gritó:

¡Voy apagar la planta!

Al unísono y saltando de las hamacas, gritamos ¡Nooo!...

Al amanecer y casi sin dormir, nos levantamos obligados por el escándalo de los gallineros, al salir el Tarzán nos mostró una cascabel como de metro y medio, que había matado en la acera de la casa...

domingo, 30 de enero de 2011

Tiempos de Recuerdos (6ta parte) Entrada a mi adultez

Nefertitis y Carlos Marx


Aquellas tarjetas de salida, me hablaban de mi primer trabajo, de lo lejos que me quedaba (Urb. Lebrun, cerca del hospital Pérez de León), de las muchas cuadras, calles, barrios y avenidas que tenía que pasar para llegar a él… me repitieron lo difícil que era contar las miles de madrugadas para levantarme, luego agarrado como un mono de la puerta de un autobús, empujar a los demás, evitando soltarme, casi siempre sin desayuno y debido al sueldo, con muy pocas posibilidades de almorzar.


Mi labor consistía, en retocar los negativos para hacer las planchas de impresión del juego del 5 y 6, y cuenten que hasta el día de hoy, nunca he jugado a las carreras de caballos; a los seis meses me botaron de la “Impresora Técnica” , junto a otros compañeros por “alborotadores comunistoides” y lo único que hicimos fue pedir nuestro aumento de sueldo, el cual, por cumplir el tiempo, nos correspondía.


Me vi desempleado y con un carricito que tragaba y botaba leche por todos lados.


Me dije: este sí es un mal recuerdo, me propuse botar todas las tarjetas y relojes que como chiflados danzaban por el piso; cuando apareció debajo de la cama, asomándose con miedo, una pequeña revista titulada “El Rosacruz”.


De repente se me hizo presente la mesa impregnada con olor a cosido de Cazón, donde se reunían en conversatorio los amigos de mi padre.


Horas duraban en plena discusión política, Mi padre ex adeco, militante del MEP (era primo de la esposa del Maestro Prieto) otros era de Copey y algunos de URD.


Y recordé entre ellos, a tres que eran: “compañeros en esencia y antagónicos en conciencia”


Uno era el Padrino de mi hermano, le decían “Chente” y su nombre: Luis Vicente, margariteño, abogado pequeño burgués, de familia comunista (su hermano murió en la guerrilla) y él, guerrillero de salón; le gustaba contarme sobre Marat y la Revolución Francesa, sobre Mao y su “libro rojo”, recitaba los poemas de Rafael Hernández, Pablo Neruda y del cura Ernesto Cardenal y me hablaba horas y horas sobre las relaciones obrero patronales, bajo la lupa del marxismo… y saboreando un buen whisky.


El segundo: Melquiades Llamozas le decíamos “El Rosacruz” y al igual que el mago de García Márquez, era un estudioso de las leyes ocultas.


Su porte: Un negro alto y fornido, Chofer de Autobuses, oriundo de Birongo; en su juventud fue brujo, luego espiritista, católico, evangélico, cantador de cuentos y cuando lo conocí… estudiante del Rosacrucismo.


Sus conversaciones eran sobre las pirámides, hablaba de Pitágoras, de los sumerios, de Nefertiti y Akhenatón y de cómo los esenios fueron los maestros de Jesús… siempre fumándose un largo tabaco oriental.


Y el otro: El “marqués” de Oliveira, de voz profunda, filósofo, poeta, pintor, amante de la bohemia, y aunque un poco chiflado, todos los demás comensales: El Juez Aveledo, El Dr. Pitaluga, Asa el periodista, en fin todos los visitantes, respetaban mucho sus opiniones.


El “marqués” de Oliveira era bastante mayor y le gustaba contar historias, una de ellas trata de cuando conoció al “cumanés” (era el apodo de mi padre): Una tarde estaba tomándose una cerveza, en algún bar de la Urb. El Paraíso, cuando se hizo presente en el lugar Isaías Medina Angarita (para también disfrutar de un “palito”), venía sin escolta (como era habitual en él), y estaba acompañado de un joven, que resulto ser mi papá (la casa donde vivía y trabajaba mi abuela quedaba cerca de la de él) y camino del bar lo invito a acompañarlo.


Nunca supe el porqué del marquesado, ni la relación de nuestro apellido con el suyo, pero en mi interior disfrutaba mucho del título nobiliario…


…Y yo, los escuchaba a todos con la boca abierta, nutriéndome de toda esa “merengada de ideas”, que luego serían parte esencial de mi formación como adulto.


Me propuse recoger todas esas tarjetas y acomodarlas nuevamente en algún lugar de mi memoria.


Al fin y al cabo, a pesar de estar desempleado y cuidando un muchacho, mi entrada a la adultez, aunque preocupante en cuanto a lo económico, fue muy hermosa, contaba con el amor de mis padres, el trabajo de mi pareja, el cariño de mis hermanos (claro contando que yo era el mayor) y el respeto de los amigos del “cumanés”.


Traté de alcanzar la revista… a lo mejor en ella encontraría la ayuda y guía que he pedido tanto a Dios, para recomenzar mi vida...

jueves, 30 de diciembre de 2010

Tiempos de Recuerdos (4ta. parte) Comienza la adolescencia

TIEMPOS DE RECUERDOS

IV Parte (Adolescencia)


Mientras extasiado recordaba los momentos de la navidad, casi me voy al suelo al tropezar con una chapaleta de buceo, compañera inseparable de mis días playeros.


Mi chapaleta estaba sola, tal vez fue abandonada por su pareja, la cual decidió quedarse olvidada en una playa aquella tarde, cuando a su dueño de pronto se le despertó la lujuria…
…Al ver las espumas del mar retozando sobre hermosos cuerpos femeninos, que brillaban escasos de ropas y bronceados por los rayos del sol.


De pronto me sentí con la cara llena de espinillas, me acerque al espejo del closet… y note que en mi rostro se dibujaba el esbozo de unos cuantos pelos que colgaban desordenadamente en mi barbilla, mostrándome el paso a una juventud incipiente, llena de caminos sorprendentes repletos de aciertos y errores.


…Y empezamos a cambiar nuestros intereses, comienzas por cambiar del colegio primario al liceo, te preocupas por aprender a bailar y las tontas niñas que te parecían fastidiosas, hoy despuntando la adolescencia, te parecen lo más hermosos que existe en este mundo…


Fue encontrarme con viejos libros, cuyas portadas mostraban el paso del las manos, sudadas de temor, ante los exámenes por presentar; cuadernos a medio llenar, donde números, definiciones, fórmulas y conceptos se mesclaban, con direcciones de hermosas amigas que quería enamorar…


A las primeras nunca las entendí y a las otras aunque me gustaban, nunca tuve el valor de visitarlas.


Con sorpresa, del fondo del desván apareció, cual pirata… un binocular que perdió su ojo izquierdo, cuando la vecinita del frente me descubrió, tratando de fisgonear sus atributos… Que después de un tiempo, logró ponerme a sus pies, profundamente enamorado.


Hoy que mi mente me trae su recuerdo, llega a mis sentidos el perfume de su piel morena, cuando jugando, descubrimos por primera vez el placer de bañarnos juntos.

Desde ese día comencé a botar los álbumes de barajitas, los carritos de juguete y mis colecciones de la revista “Playboy”.


De repente un brillo insistente brotó de la oscuridad, una medalla de guerra se vino rodando hasta detenerse, y saludándome, firme ante mí, con su voz metálica, me preguntó por el “General Napoleón”.


Mi mirada retrocediendo me acercó a un figura bastante mayor, aunque mantenía su porte marcial; vestía de kaki, sus botas retumbaban marchando los cementos de la calle, infinidad de condecoraciones se guindaban de su pecho y un casco de guerra venia plantado en su cabeza.

Y como Rubén Blades, en su canción “Sebastián”, nos dice: “Todo barrio tiene, por lo menos un loco”.

Napoleón era el nuestro y el de la placita que quedaba frente al Panteón Nacional.


Sin embargo, Napoleón era un “sabedor” de cosas de nuestra historia; aún me veo rodeado de amigos, todos con el uniforme del Liceo “Nuestra Señora del Valle”, haciéndole preguntas sobre la independencia… y él tocándose el bolsillo trasero, nos decía, con voz compungida: “¡ay bachiller! Es que ahorita casi ni me acuerdo”; eso significaba que su “carterita” de caña blanca se le había acabado; prestos, reuníamos algo de plata y le obsequiábamos una llena…


…Lo extraordinario de nuestro guerrero era que después de tomarse unos sorbos de aguardiente, nos contaba las historias tal cual sucedieron…
…Y lo mágico en él, es que se metía, armado hasta los dientes, en su narración.


Muchas veces hablándonos de batallas, cómo la de “Las Queseras del Medio”, él era uno de los lugartenientes de Páez.


En la “Victoria” luchó al lado de José Félix Rivas y en “Carabobo” fue asesor de Bolívar… y gracias a él se ganó esa batalla.


Nosotros nos reíamos sobre todo de su gestual: montando caballos que no existían y disparando a enemigos invisibles.

En qué guerra se nos perdió Napoleón, tal vez en la batalla contra su alcoholismo, o a lo mejor se mudó a un pueblecito cercano al cielo, para allí escudriñar a su gente y luego, después de un tiempo, bajar y traernos sus historias…


Y me pregunto ¿de dónde saque esa medalla?...

Imposible habérmela robado, a lo mejor la conseguí extraviada de batallas, en alguno de los bancos de la plaza…

O quizás fue Napoleón, que un día entro a escondidas y la colocó en algún lugar de la casa, para gritarme como montado en su caballo ¡A la carga!!! Y hacerme reír recordando los tiempos de mi adolescencia.









viernes, 24 de diciembre de 2010

Tiempos de Recuerdos (3ra parte) Las navidades

Tiempo de navidad
TIEMPOS DE RECUERDOS

Cuento.
III Parte (Tiempo para el niño Jesús)


Contemplaba embelesado aquella pelota, cuando en mis oídos, el mugir de un animal, se me hizo presente, giré buscando al que emitió aquel profundo gemido, y mi mirada se volvió hacia la grieta, aguzando mi vista pude ver que en el fondo habitaba agachado un buey.. Y a su lado le hacia compañía una mula, y ambos miraban con curiosidad a un niñito que permanecía acostado en su cuna llena de yerbas. Dando martillazos logre ampliar la grieta y pude sacarlos del tenebroso escondrijo.


Resulto ser un pequeño nacimiento…


…Y el recuerdo de la navidad se me hizo presente.

En nuestra casa comenzaba, cuando papá nos preparaba para subir al Ávila en busca de un buen chamizo, y ojo no era cualquier palo; durábamos horas escogiendo y midiendo las condiciones del mejor: debía ser de tamaño mediano a grande, no tan seco para evitar la fragilidad de las ramas, que fuese en lo posible simétrico y que terminara en forma piramidal.


Al conseguirlo lo transportábamos con mucho cuidado evitando la perdida de sus ramitas y al llegar a casa, mamá tenía preparada la mescla de jabón en hojuelas con que cubríamos aquel oscuro chamizo y lo transformábamos en un hermoso árbol blanco.


A papá le tocaba guindar las luces y las bambalinas navideñas, recuerdo que siempre discutíamos porque se nos permitiera (aunque nunca lo logramos) amarrar los adornos en aquellas frágiles ramas.


La sala de la casa resplandecía toda llena de luces y cercano el día del nacimiento del niño Jesús, se comenzaba a hacer la primera tanda de hallacas.


Papá tenía una olla grande, su forma era como de bañera ovalada, y solo se utilizaba para hacer el guiso de las hayacas o para preparar el guiso de Cazón, plato muy famoso entre sus amigos.


Era una actividad familiar, todos metíamos las manos, no tanto para ayudar, mas bien era para comernos los adornos de la masa (pasitas, aceitunas, jamón…), papá y mamá lo sabían… y se hacia los que no nos veían.


Luego de la cena del 24 a todos nos mandaban a dormir temprano para esperar la llegada del niño Jesús… que casi siempre traía lo que “no” le pedíamos y sin embargo al amanecer rompíamos el papel de regalo, desesperados por descubrir la sorpresa que ocultaban aquellas cajas.


¿Cuándo descubrimos al Niño Jesús?, no lo recuerdo, me imagino que fue poco a poco, lo que sí recuerdo es que mi hermano y yo (en aquellos tiempos) nos considerábamos mas “vivos” que nuestros padres, porque después de muchos días, descubríamos donde guardaban los regalos, pero siempre se mantuvo la sorpresa de no saber su contenido.


Inmediatamente venía el “año nuevo” y con él la segunda tanda de hallacas; el día 31 después de ponernos el “estreno”, nos reuníamos en la sala a esperar; cada uno de nosotros éramos poseedores de doce sabrosas uvas, las cuales nos comíamos a medida de que en “Radio Continente” sonaran las doce campanadas, luego del cañonazo todos nos abrazábamos, llorando algunos y otros aplaudiendo y riéndonos.


Luego pasábamos al comedor, allí nos esperaba la mesa estupendamente adornada y repleta de sabores; papá desde la cabecera nos dirigía sus palabras acompañándolas de la bendición del nuevo año…


…En el tocadiscos sonaba la voz chascosa de Andrés Eloy Blanco, palabreando su poema… “Madre esta noche se nos muere un año…”


Esa noche las puertas de todas las casas permanecían abiertas más allá de la madrugada, recibiendo a los vecinos, brindando con ellos y competiendo parte de los alimentos que llenaban las mesas.


Esto duro muchos años, incluso todos los hermanos, casados y con hijos, considerábamos sagrado aquel ritual y cada 31 de diciembre volvíamos a la casa paterna…


… la casa se hacia pequeña, cuando aquel ejercito invasor de hijos y nietos corría por todas las escaleras y desordenaban todas las habitaciones.


Y fue así hasta que papá se nos marchó, tratamos de seguir con la costumbre unos años más, pero aquella silla vacía en la cabecera de la mesa y los hijos que crecían muy rápidos, descubriendo sus propias amistades, nos obligaron a quedarnos cada quien en su casa…

¡Ah…!

… Al pequeño soldado y al maravilloso tesoro de la pelota, no pude vaciarlos de mi vida, al contrario los volví a guardar junto al nacimiento, y a pesar de unas cuantas lágrimas, me sentí feliz cuando pude revivir los hermosos tiempos de mi infancia.

sábado, 18 de diciembre de 2010

Tiempos de Recuerdos (2a. Parte) Tiempo de Beisbol o mi niñez

Tiempos de Beisbol
TIEMPOS DE RECUERDOS
Cuento

II parte
(El tiempo de beisbol o mi niñez)


Abriendo el primer hueco se saltaron, alocadas de alegrías, un montón de canicas multicolores, le abrían paso tres grandes bolondronas y todas marchaban con su clásico sonido de maracas; se acunaron en mis manos, reencontrándome con mi infancia y sus vivencias.


Era llegar a la casa con un ojo morado por haber defendido mi propiedad privada, la única, que en ese entonces eran esas metras.


O recibir algunos correazos en las nalgas, por llegar tarde después de clase y cual explorador amazónico, con la única ropita del colegio…embadurnada de barro…


Luego, me asomo a la oscuridad de la profunda grieta y veo que me apuntan con un arma… es un viejo soldadito de plástico, su uniforme, su fusil, su casco y su cara era todo de verde.


Por un momento quise preguntarle donde estaba aquel glorioso regimiento con el que gané muchas batallas, acostado de barriga sobre el piso de mi casa vieja.


¿Qué pasó con los tanques que invadían playas y montañas? hechas con la tierra de las macetas de las plantas de mi madre… ¿Donde quedó su estatua de la libertad?…


Pero su mirada silenciosa y temeraria me hizo guardar silencio, me miró con el ceño fruncido, y sin bajar su arma, comprendí que era un duro y solitario sobreviviente… o tal vez un héroe abandonado…por su País de fantasías.


Detrás de él desfilaron: Un camión de Bomberos que cojeaba de dos ruedas, le faltaba la escalera, creo que tal vez se perdió en algunos de mis incendios imaginarios…


Los restos de una perinola… le faltaba el palo, la cuerda estaba deshilachada y mi dedo pulgar tembló recordando los golpes recibidos jugando “Martillito”.


Un trompo sin punta… en el costado agrietado, mostraba el agujero de una herida, huellas de los golpes que llevó, también fue un héroe de muchas peleas callejeras… ¿Cuál de mis amigos le daría el golpe de gracia?


También se me vino rodando, despacio, como para impresionarme: una descosida pelota de beisbol, tenía en uno de sus lados, una rúbrica desleída por la humedad….


Ahora recuerdo, ¡Me la dio mi viejo! …hace ya tanto tiempo…


La tomé en mis manos para acariciarla, y sentándome en mi viejo sillón…
…me reencontré una tarde jugando en la puerta de mi casa, era víspera de Navidad, mi padre llegó con unos amigos, estaban uniformados de peloteros, venian de jugar su caimanera, tal vez ganaron el juego porque venían contentos y lo más probable un poco encendidos; me tomó en sus brazos y luego de darme un sonoro beso en el cachete, me dijo “cierra los ojos y abre las manos”, pensé que, como era su costumbre me daría unos caramelos, pero sentí algo grande que casi no me cabía en ellas; cuando abrí los ojos, sostenía una hermosa pelota de beisbol…

Y tal vez vio el brillo de alegría en mis ojos… que hizo que uno de sus amigos la firmara, al devolvérmela, me dijo muy seriamente, “esta es la firma del mejor pelotero del mundo”.


Nunca puse en duda esa afirmación, de hecho mis amiguitos se quedaban boca-abiertas cuando se las mostraba y orgulloso les contaba lo del gran pelotero, “el mejor del mundo”.
Esta vieja pelota había sido mi gran tesoro.


Si mi padre viviera, lo llamaría para contarle lo feliz que me hizo recibir ese regalo, y lo hermosos que fueron mis momentos de la niñez …
...Continuara....

martes, 14 de diciembre de 2010

Tiempos de Recuerdos (1ra. Parte) El Comienzo

Tiempos de Recuerdos
TIEMPOS DE RECUERDOS
Cuento
I Parte (el comienzo)

Ayer fue viernes y empezó diciembre, comienza la época de la “alegría”; los tumbaranchos y triquitraques empiezan a perforarme los oídos...
y a veces no sabemos si son fuegos artificiales o simples balas buscando a la vida; las cervezas y el vino, aderezados con muchas hayacas, nos hace resentir el estómago, que poco a poco se convierte en panza.


Terminé mi trabajo y tomé rumbo a mi casa, cansado como siempre de “patear la calle”; las tiendas a mí alrededor me coqueteaban, tratando de sustraerme el poco dinero que recién había metido en mis bolsillos.


La tarde se iba marchando, empujada por la noche que bulliciosa de fiestas se hacía dueña de mi barrio.


La gente reía, bailaba y tomaba; una música estridente retumbaba por todo el lugar mientras yo me sentía cansado del trabajo…y de la vida, por ende mi humor no estaba muy dispuesto a compartir sus alegrías.


Al abrir la puerta de mi habitación, sentí por primera vez el olor de la tristeza; me detuve a ver de dónde salía… y pude sentir que sus paredes desconchadas, me hablaban de abandonos y pérdidas.


Grietas rellenas de nostalgias se paseaban por el piso, semejaban cicatrices, profundas huellas del batallar cotidiano, del que nunca se sale vencedor.


Cansado lancé mis trastos callejeros sobre el roído sillón “de visitas”… compañero triste de mis tristes historias; siempre allí, listo a compartir mis soledades etílicas.


Me recosté en mi cama, alcahueta silenciosa de amores inconclusos, cómplice eterna de trasnochos solitarios, impregnada de aromas de olvidos…


¡Ahhh! Como cambiaria ese olor por el perfume que se destila de un cuerpo femenino.


Y sin nada que hacer, sin nada que pensar, estiré mi mirada hacia arriba, quería traspasar el techo y las nubes, para llegar al infinito y extraer del profundo universo, la sabiduría… o al menos…


…un consejo de cómo recomenzar… o terminar mi vida.


Y lo que logré… fue tropezar con un techo ennegrecido por el humo de cigarrillos y el moho del abandono, que no dejaban reflejar la luz y la alegría, que intentaba colarse por el quicio las ventanas…


Mi mente se inundó de malos recuerdos.


Y una pequeña lágrima brotó de mi alma atormentada.


Y grité desesperado…


¡Ya basta!...


Tomé entonces una determinación, salí a buscar una gran caja donde echar todos mis recuerdos…

¡Voy a limpiar de tristezas mi cuarto!


Empecé por romper las paredes, todas ellas repletas de huellas de ilusiones que se fueron.

Descarcajando el friso, fui descubriendo huecos, donde yacían un montón de objetos inútiles que poco a poco y a través del tiempo, se fueron aparcando en las esquinas de mi vida.


Esto fue lo que encontré:

... Continuará....